Rimas Becquer

Rima I (Yo se un himno gigante...)
Rima II (Saeta que voladora...)
Rima III (Sacudimiento extraño...)
Rima IV (¡No digáis que agotado su tesoro,..)
Rima V (Espíritu sin nombre..)
Rima VI (Como la brisa que la sangre orea...)
Rima VII (Del salón en el ángulo oscuro...)
Rima VIII (Cuando miro el azul horizonte...)
Rima IX (Besa el aura que gime blandamente...)
Rima X (Los invisibles átomos del aire...)
Rima XI (Yo soy ardiente, yo soy morena...)
Rima XII (Porque son, niña tus ojos...)
Rima XIII (Tu pupila es azul, y cuando ríes...)
Rima XIV (Te vi un punto, y flotando antes mis ojos...)
Rima XV (Cendal flotante de leve bruma..)
Rima XVI (Si al mecer las azules campanillas...)
Rima XVII (Hoy la tierra y los cielos me sonríen...)
Rima XVIII (Fatigada del baile,...)
Rima XIX (Cuando sobre el pecho inclinas...)
Rima XX (Sabe, si alguna ve tus labios rojos...)
Rima XXI (¿Qué es poesía? dices mientras clavas...)
Rima XXII (¿Como vive esa rosa que has prendido...)
Rima XXIII (Por una mirada, un mundo;...)
Rima XXIV (Dos rojas lenguas de fuego...)
Rima XXV (Cuando en la noche te envuelven..)
Rima XXVI (Voy contra mi interés al confesarlo;...)
Rima XXVII Despierta, tiemblo al mirarte;...)
Rima XXVIII (Cuando entre la sombra oscura...)
Rima XXIX (Sobre la falda tenía...)
Rima XXX (Asomaba a sus ojos una lágrima...)
Rima XXXI (Nuestra pasión fue un trágico sainete,...)
Rima XXXII (Pasaba arrolladora en su hermosura...)
Rima XXXIII (Es cuestión de palabras, y no obstante...)
Rima XXXIV (Cruza callada y son sus movimientos..)
Rima XXXV (¡No me admiro tu olvido! Aunque de un día,..)
Rima XXXVI (Si de nuestros agravios en un libro...)
Rima XXXVII (Antes que tú me moriré: escondido...)
Rima XXXVIII (Los suspiro son aire, y van al aire...)
Rima XXXIX (Lo que el salvaje que con torpe mano...)
Rima XL (Su mano entre mis manos...)
Rima XLI (Tú eras el huracán, yo la alta...)
Rima XLII (Cuando me lo contaron sentí frío...)
Rima XLIII (Dejé la luz a un lado, y en el borde...)
Rima XLIV (Como en un libro abierto..)
Rima XLV (En la clave del arco mal seguro,..)
Rima XLVI (Tu aliento es el aliento de las flores,...)
Rima XLVII (Yo me he asomado a las profundas simas...)
Rima XLVIII (Alguna vez lo encuentro por el mundo...)
Rima XLIX (¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable,...)
Rima L (De lo poco de vida que me resta...)
Rima LI (Olas gigantes, que os rompéis bramando...)
Rima LII (Volverán las oscuras golondrinas...)
Rima LIII (Cuando volvemos las fugaces horas...)
Rima LIV (Entre el discorde estruendo de la orgía...)
Rima LV (Hoy, como ayer, mañana como hoy,...)
Rima LVI (¿Quieres que de un néctar delicioso...)
Rima LVII (Yo sé cuál el objeto...)
Rima LVIII (Al ver mis horas de fiebre...)
Rima LIX (Me ha herido recatándose en las sombras,...)
Rima LX (Como se arranca el hierro de una herida...)
Rima LXI (Este armazón de huesos y pellejo,...)
Rima LXII (Primero es un albor trémulo y vago,...)
Rima LXIII (Como enjambre de abejas irritadas...)
Rima LXIV (Como guarda el avaro su tesoro...)
Rima LXV (Llegó la noche y no encontré asilo;..)
Rima LXVI (¿De donde vengo?... El más horrible y aspero...)
Rima LXVII (¡Que hermoso es ver el día...)
Rima LXVIII (No sé lo que he soñado...)
Rima LXIX (Al brillar un relámpago nacemos...)
Rima LXX (¡Cuántas veces, al pie de las musgosas...)
Rima LXXI (No dormía; vagaba en ese limbo...)
Rima LXXII (Las ondas tienen vaga armonía;...)
Rima LXXIII (Cerraron sus ojos...)
Rima LXXIV (Las ropas desceñidas,...)
Rima LXXV (¿Será verdad que, cuando toca el sueño...)
Rima LXXVI (En la imponente nave...)
Rima LXXVII (Es un sueño la vida,...)
Rima LXXVIII (Podrá nublarse el sol eternamente;...)
Rima LXXIX (Mi vida es un erial:...)
Rima LXXX (Patriarcas que fuiste la semilla...)
Rima LXXXI (Dices que tienes corazón, y sólo...)
Rima LXXXII (Fingiendo realidades...)
Rima LXXXIII (Una mujer me ha envenenado el alma,...)
Rima LXXXIV (Tu voz es el aliento de las flores;...)
Rima LXXXV (Para que los leas con tus ojos grises,..)
Rima LXXXVI (Flores tronchadas, marchitas hojas...)
Rima LXXXVII (Es un alba una sombra...)
Rima LXXXVIII (Errante por el mundo fui gritando:...)
Rima LXXXIX (Negros fantasmas,...)
Rima XC (Yo soy el rayo, la dulce brisa,...)
Rima XCI (¿No has sentido en la noche,...)
Rima XCII (Apoyando mi frente calurosa...)
Rima XCIII (Si copia tu frente...)
Rima XCIV (¡Quién fuera luna,...)
Rima XCV (Yo me acogí, como perdido nauta,...)
Rima XCVI (Para encontrar tu rostro...)
Rima XCVII (Esas quejas del piano...)
Rima XCVIII (Nave que surca los mares,...)

RIMA I

 

Yo sé un himno gigante y extraño

que anuncia en la noche del alma una aurora,

y estas páginas son de este himno cadencias

que el aire dilata en la sombras.

 

Yo quisiera escribirlo, del hombre

domando el rebelde, mezquino idioma,

con palabras que fuesen a un tiempo

suspiros y risas, colores y notas.

 

Pero en vano es luchar; que no hay cifra

capaz de encerrarlo, y apenas, ¡oh hermosa!

pudiera al oído, contártelo a solas.


RIMA II

 

Saeta que voladora cruza,

arrojada al azar,

sin adivinarse dónde

temblando se clavará;

 

hoja del árbol seca

arrebata el vendaval,

sin que nadie acierte el surco

donde a caer volverá;

 

gigante ola que el viento

riza y empuja en el mar,

y rueda y pasa, y no sabe

qué playa buscando va;

 

luz que en los cercos temblorosos

brilla, próxima a expirar,

ignorándose cuál de ellos

el último brillará;

 

eso soy yo, que al acaso

cruzo el mundo, sin pensar

de dónde vengo, ni a dónde

mis pasos me llevarán.


RIMA III

Sacudimiento extraño
que agita las ideas,
como huracán que empuja
las olas en tropel;

murmullo que en el alma
se eleva y va creciendo
como volcán que sordo
anuncia que va a arder;

deformes siluetas
de seres imposibles;
paisajes que aparecen
como un través de un tul;

colores que fundiéndose
remedan en el aire
los átomos del Iris
que nadan en la luz

ideas sin palabras
palabras sin sentido;
cadencias que no tienen
ni ritmo ni compás;

memorias y deseos
de cosas que no existen;
accesos de alegría
impulsos de llorar;

actividad nerviosa
que no halla en qué emplearse;
sin rienda que lo guíe
caballo volador;

locura que el espíritu
exalta y enardece
embriaguez divina
del genio creador...
¡Tal es la inspiración!

gigante voz que el caos
ordena en el cerebro,
y entre las sombras hace
la luz aparecer;
brillante rienda de oro
que poderosa enfrena
de la exaltada mente
el volador corcel;

hilo de luz que en hace
lo pensamientos ata;
sol que las nubes rompe
y toca en el cenit;

inteligente mano
que en un collar de perlas
consigue las indóciles
palabras reunir;

armonioso ritmo
que con cadencia y número
las fugitivas notas
encierra en el compás;

cincel que el bloque muerde
la estatua moldeando
y la belleza plástica
añade a la ideal;

atmósfera en que giran
con orden las ideas,
cual átomos que agrupa
recóndita atracción;

raudal en cuyas ondas
su sed la fiebre apaga;
oasis que al espíritu
devuelve con vigor...
¡Tal es nuestra razón!

Con ambas siempre en lucha
y de ambas vencedor
tan sólo el genio puede
a un yugo atar las dos.


RIMA IV

 No digáis que agotado su tesoro,
 de asuntos falta, enmudeció la lira:
 Podrá no haber poetas; pero siempre
         habrá poesía.

     Mientras las ondas de la luz al beso
 palpiten encendidas;
 mientras el sol las desgarradas nubes
         de fuego y oro vista;

 mientras el aire en su regazo lleve
         perfumes y armonías;
 mientras haya en el mundo primavera,
         ¡habrá poesía!

      Mientras la ciencia a descubrir no alcance
         las fuentes de la vida,
 Y en el mar o en el cielo haya un abismo
         que al cálculo resista;

 mientras la humanidad siempre avanzando,
         no sepa a dó camina;
 mientras haya un misterio para el hombre,
         ¡habrá poesía!

     Mientras sintamos que se alegra el alma
         sin que los labios rían;
 mientras se llora sin que el llanto acuda
         a nublar la pupila;

 mientras el corazón y la cabeza
         batallando prosigan;
 mientras haya esperanzas y recuerdos,
         ¡Habrá poesía!

     Mientras haya unos ojos que reflejen
         los ojos que los miran;
 mientras responda el labio suspirando
         al labio que suspira;

 mientras sentirse puedan en un beso
         dos almas confundidas;
 mientras exista una mujer hermosa,
         ¡Habrá poesía!


RIMA V

Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea.

Yo nado en el vacío
del sol tiemblo en la hoguera
palpito entre las sombras
y floto con las nieblas.

Yo soy el fleco de oro
de la lejana estrella,
yo soy de la alta luna
la luz tibia y serena.

Yo soy la ardiente nube
que en el ocaso ondea;
yo soy del astro errante
la luminosa estela.

Yo soy nieve en las cumbre,
soy fuego en las arenas,
azul onda en los mares
y espuma en las riberas.

En el laúd soy nota,
perfume en la violeta,
fugas llama en las tumbas
y en las ruinas hiedra.

Yo atrueno en el torrente,
y silbo en la centella
y ciego en el relámpago
y rujo en la tormenta.

Yo río en los alcores
susurro en la alta hierba,
suspiro en la onda pura
y lloro en la hoja seca.

Yo ondulo con los átomos
del el humo que se eleva
y al cielo lento sube
en espiral inmensa.

Yo en los dorados hilos
que los insectos cuelgan
me mezclo entre los árboles
en la ardorosa siesta.

Yo corro tras las ninfas
que en la corriente fresca
del cristalino arrollo
desnudas juguetean.

Yo en bosque de corales,
que alfombran blancas perlas,
persigo en el océano
las náyades ligeras.

Yo, en las cavernas cóncavas,
do el sol nunca penetra,
mezclándome a los nomos
contemplo sus riquezas.

Yo busco de los siglos
las ya borradas huellas,
y sé de esos imperios
de que ni el nombre queda.

Yo sigo en raudo vértigo
los mundos que voltean,
y mi pupila abarca
la creación entera.

Yo sé de esas regiones
a do rumor no llega,
y donde los informes astros
de vida y soplo esperan.

Yo soy sobre el abismo
el puente que atraviesa;
yo soy la ignota escala
que el cielo une a la tierra.

Yo soy el invisible
anillo que sujeta
el mundo de la forma
al mundo de la idea.

Yo, en fin, soy el espíritu,
desconocida esencia,
perfume misterioso
de que es vaso el poeta.

RIMA VI

 

Como la brisa que la sangre orea

sobre el oscuro campo de batalla,

cargada de perfumes y armonías

en el silencio de la noche vaga;

 

símbolo del dolor y la ternura,

del bardo inglés en el horrible drama,

la dulce Ofelia, la razón perdida

cogiendo flores y cantando pasa.


RIMA VII

 

Del salón en el ángulo oscuro,

de su dueño tal vez olvidada,

silenciosa y cubierta de polvo

veíase el arpa.

 

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas

como el pájaro duerme en la rama

esperando la mano de nieve

que sabe arrancarlas!

 

¡Ay! -pensé-, ¡Cuántas veces el genio

así duerme en el fondo del alma,

y una voz, como Lázaro, espera

que le diga: “Levántate y anda”!


RIMA VIII

 

Cuando miro el azul horizonte

perderse a lo lejos

a través de una gasa de polvo

dorado e inquieto,

me parece posible arrancarme

del mísero suelo,

y flotar con la niebla dorada

en átomos leves

cual ella deshecho.

 

Cuando miro de noche en el fondo

obscuro del cielo

las estrellas temblar, como ardientes

pupilas de fuego,

me parece posible a do brillan

subir en un vuelo,

y anegarme en su luz, y con ella

en lumbre encendido

fundirme en un beso.

 

En el mar de la duda en que bogo

ni aún se lo que creo:

¡Sin embargo, estas ansias me dicen

que yo llevo algo

divino aquí dentro.


RIMA IX

 

Besa el aura que gime blandamente

las leves ondas que jugando riza

el sol besa a la nube de occidente

y de púrpura y oro la matiza.

La llama en derredor del tronco ardiente

por besar a otra llama se desliza,

y hasta el sauce inclinándose a su peso

al río que lo besa, vuelve un beso.


RIMA X

 

Los invisibles átomos del aire

en derredor palpitan y se inflaman

el cielo se deshace en rayos de oro

la tierra se estremece alborozada

Oigo flotando en olas de armonía

rumor de besos y batir de alas,

mis párpados se cierran...¿Qué sucede?

¿Dime?... ¡Silencio!... ¿Es el amor que pasa?


RIMA XI

 

- Yo soy ardiente, yo soy morena,

yo soy el símbolo de la pasión;

de ansia de goces mi alma está llena;

¿a mí me buscas? -No es a ti; no

 

- Mi frente es pálida; mis trenzas de oro

puedo brindarte dichas sin fin;

yo de ternura guardo un tesoro;

¿a mí me llamas? -No; no es a ti.

 

- Yo soy un sueño, un imposible,

vano fantasma de niebla y luz;

soy incorpórea, soy intangible;

no puedo amarte. -¡Oh, ven; ven tú!


RIMA XII

Porque son niña, tus ojos
verdes como el mar, te quejas;
verdes los tienen las náyades,
verdes los tuvo Minerva,
y verdes son las pupilas
de las huris del profeta.

El verde es gala y ornato
del bosque en la primavera;
entre sus siete colores
brillante el Iris lo ostenta.
Las esmeraldas son verdes,
verde el color del que espera,
y las ondas del océano,
y el laurel de los poetas.

Es tu mejilla temprana
rosa de escarcha cubierta
en que el carmín de los pétalos
se ve a través de las perlas
    Y, sin embargo,
    sé que te quejas,
    porque tus ojos
    crees que la afean:
    pues no lo creas;
que parecen tus pupilas,
húmedas, verdes e inquietas,
tempranas hojas de almendro,
que al soplo del aire tiemblan.

Es tu boca de rubíes
purpúrea granada abierta,
que en el estío convida
a apagar la sed en ella.

    Y, sin embargo,
    sé que te quejas,
    porque tus ojos
    crees que la afean:
    pues, no lo creas
que parecen, si enojada
tus pupilas centellean,
las olas del mar que rompen
en las cantábricas peñas.

Es tu frente que corona
crespo el oro en ancha trenza,
nevada cumbre en que el día
su postrera luz refleja.

    Y, sin embargo,
    sé que te quejas,
    porque tus ojos
    crees que la afean:
    pues, no lo creas
Que, entre las rubias pestañas,
junto a las sienes, semejan
broches de esmeralda y oro,
que un blanco armiño sujetan.



RIMA XIII

 

Tu pupila es azul, y cuando ríes,

su claridad suave me recuerda

el trémulo fulgor de la mañana

que en el mar se refleja.

 

Tu pupila es azul, y cuando lloras,

las transparentes lágrimas en ella

se me figuran gotas de rocío

sobre una violeta.

 

Tu pupila es azul, y si en su fondo

como un punto de luz radia una idea

me parece, en el cielo de la tarde,

¡una perdida estrella!


RIMA XIV

   Te vi un punto, y, flotando ante mis ojos,
   la imagen de tus ojos se quedó,
   como la mancha obscura, orlada en el fuego,
   que flota y ciega si se mira al sol.

   Adondequiera que la vista fijo,
   torno a ver tus pupilas llamear;
   mas no te encuentro a ti; que es tu mirada:
   unos ojos, los tuyos, nada más.

   De mi alcoba en el ángulo los miro
   desasidos fantásticos lucir;
   cuando duermo los siento que se ciernen
   de par en par abiertos sobre mí.

   Yo sé que hay fuegos faustos que en la noche
   llevan al caminante a perecer:
   yo me siento arrastrado por mis ojos
   pero a donde me arrastran, no lo sé.

RIMA XV 
 
Cendal flotante de leve bruma, 
rizada cinta de blanca espuma, 
rumor sonoro 
de arpa de oro, 
beso del aura, onda de luz, 
eso eres tú. 
 
Tú, sombra aérea que cuantas veces 
voy a tocarte, te desvaneces 
como la llama, como el sonido, 
como la niebla, como un gemido 
del lago azul. 
 
En mar sin playas onda sonante, 
en el vacío cometa errante, 
largo lamento. 
 
Del ronco viento, 
ansia perpetua de algo mejor, 
Eso soy yo. 
 
¡Yo, que a tus ojos, en mi agonía 
los ojos vuelvo de noche y día 
yo, que incansable como demente 
tras una sombra, tras la hija ardiente 
de una visión!

RIMA XVI

 

Si al mecer las azules campanillas

de tu balcón,

crees que suspirando pasa el viento

murmurador,

sabe que, oculto entre las verdes hojas,

suspiro yo.

 

Si al resonar confuso a tus espaldas

vago rumor,

crees que por tu nombre te ha llamado

lejana voz,

sabe que, entre las sombras que te cercan

te llamo yo.

 

Si se turba medroso en la alta noche

tu corazón,

al sentir en tus labios un aliento

abrasador,

sabe que, aunque invisible, al lado tuyo

respiro yo.


RIMA XVII

 

Hoy la tierra y los cielos me sonríen;

hoy llega al fondo de mi alma el sol;

hoy la he visto.., la he visto y me ha mirado...

¡Hoy creo en Dios!


RIMA XVIII

 

Fatigada del baile,

encendido el color, breve el aliento,

apoyada en mi brazo,

del salón se detuvo en un extremo

 

Entre la leve gasa

que levantaba el palpitante seno,

una flor se mecía

en compasado y dulce movimiento.

 

Como cuna de nácar

que empuja al mar y que acaricia el céfiro

tal vez allí dormía

al soplo de sus labios entreabiertos.

 

¡Oh! ¡Quién así, pensaba,

dejar pudiera deslizarse el tiempo!

¡Oh, si las flores duermen,

qué dulcísimo sueño!


RIMA XIX

 

Cuando sobre el pecho inclinas

la melancólica frente,

una azucena tronchada

me pareces.

 

Porque al darte la pureza,

de que es símbolo celeste,

como a ella te hizo Dios

de oro y de nieve.


RIMA XX

 

Sabe, si alguna vez tus labios rojos

quema invisible atmósfera abrasada,

que al alma que hablar puede con los ojos,

también puede besar con la mirada.


RIMA XXI

 

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul.

¿Que es poesía?, Y tú me lo preguntas?

Poesía... eres tú.


RIMA XXII

 

¿Cómo vive esa rosa que has prendido

junto a tu corazón?

Nunca hasta ahora contemple en la tierra

sobre el volcán la flor.


RIMA XXIII

 

Por una mirada, un mundo,

por una sonrisa, un cielo, por un beso...

¡yo no sé que te diera por un beso!


RIMA XXIV

          Dos rojas lenguas de fuego
          que a un mismo tronco enlazadas
          se aproximan, y al besarse
          forman una sola llama.

          Dos notas que del laúd
          a un tiempo la mano arranca,
          y en el espacio se encuentran
          y armoniosas se abrazan.

          Dos olas que vienen juntas
          a morir sobre una playa
          y que al romper se coronan
          con un penacho de plata.

          Dos jirones de vapor
          que del lago se levantan,
          y al reunirse en el cielo
          forman una nube blanca.

          Dos ideas que al par brotan,
          dos besos que a un tiempo estallan,
          dos ecos que se confunden,
          eso son nuestras dos almas.

RIMA XXV

 

Cuando en la noche te envuelven

las alas de tul del sueño

y tus tendidas pestañas

semejan arcos de ébano,

por escuchar los latidos

de tu corazón inquieto

y reclinar tu dormida

cabeza sobre mi pecho,

diera, alma mía,

cuanto poseo,

la luz, el aire y

el pensamiento!

 

Cuanto se clavan tus ojos

en un invisible objeto

y tus labios ilumina

de una sonrisa el reflejo,

por leer sobre tu frente

el callado pensamiento

que pasa como la nube

del mar sobre el ancho espejo,

diera, alma mía,

cuanto deseo,

la fama, el oro,

la gloria, el genio!

 

Cuanto enmudece tu lengua

y se apresura tu aliento

y tus mejillas se encienden

y entornas tus ojos negros,

por ver entre sus pestañas

brillar con húmedo fuego

la ardiente chispa que brota

del volcán de los deseos,

diera, alma mía,

por cuanto espero,

la fe, el espíritu,

la tierra, el cielo.


RIMA XXVI

 

Voy contra mi interés al confesarlo;

no obstante, amada mía,

pienso cual tú que una oda solo es buena

de un billete del banco al dorso escrita.

No faltará algún necio que al oírlo

se haga cruces y diga:

Mujer al fin del siglo diez y nueve

material y prosaica... ¡Boberías!

¡Voces que hacen correr cuatro poetas

que en invierno se embozan con la lira!

¡Ladridos de los perros a la luna!

Tú sabes y yo se que en esta vida,

con genio es muy contado el que la escribe,

y con oro cualquiera hace poesía.


RIMA XXVII

 

Despierta, tiemblo al mirarte:

dormida, me atrevo a verte;

por eso, alma de mi alma,

yo velo cuando tú duermes.

 

Despierta, ríes y al reír tus labios

inquietos me parecen

relámpagos de grana que serpean

sobre un cielo de nieve.

 

Dormida, los extremos de tu boca

pliega sonrisa leve,

suave como el rastro luminoso

que deja en sol que muere.

“Duerme!”

 

Despierta miras y al mirar

tus ojos húmedos resplandecen,

como la onda azul en cuya cresta

chispeando el sol hiere.

 

Al través de tus párpados, dormida;

tranquilo fulgor vierten

cual derrama de luz templado rayo

lámpara transparente.

“Duerme!”

 

Despierta hablas, y al hablar vibrantes

tus palabras parecen

lluvia de perlas que en dorada copa

se derrama a torrentes.

Dormida, en el murmullo de tu aliento

acompasado y tenue,

escucho yo un poema que mi alma

enamorada entiende.

“Duerme!”

 

Sobre el corazón la mano

me he puesto porque no suene

su latido y en la noche

turbe la calma solemne:

 

De tu balcón las persianas

cerré ya porque no entre

el resplandor enojoso

de la aurora y te despierte.

“Duerme!”


RIMA XXVIII

 

Cuando entre la sombra oscura

perdida una voz murmura

turbando su triste calma,

si en el fondo de mi alma

la oigo dulce resonar,

dime: ¿es que el viento en sus giros

se queja, o que tus suspiros

me hablan de amor al pasar?

 

Cuando el sol en mi ventana

rojo brilla a la mañana

y mi amor tu sombra evoca,

si en mi boca de otra boca

sentir creo la impresión,

dime: ¿es que ciego deliro,

o que un beso en un suspiro

me envía tu corazón?

 

Y en el luminoso día

y en la alta noche sombría,

si en todo cuanto rodea

al alma que te desea

te creo sentir y ver,

dime: ¿es que toco y respiro

soñando, o que en un suspiro

me das tu aliento a beber?


RIMA XXIX

 

Sobre la falda tenía

el libro abierto,

en mi mejilla tocaban

sus rizos negros:

no veíamos las letras

ninguno, creo,

mas guardábamos entrambos

hondo silencio.

 

¿Cuánto duró? Ni aun entonces

pude saberlo;

sólo se que no se oía

más que el aliento,

que apresurado escapaba

del labio seco.

 

Sólo sé que nos volvimos

los dos a un tiempo

y nuestros ojos se hallaron

y sonó un beso.

Creación de Dante era el libro,

era su Infierno.

 

Cuando a él bajamos los ojos yo dije trémulo:

¿Comprendes ya que un poema cabe en un verso?

Y ella respondió encendida:

¡Ya lo comprendo!


RIMA XXX

 

Asomaba a sus ojos una lágrima

y a mis labios una frase de perdón...

habló el orgullo y se enjugó su llanto,

y la frase en mis labios expiró.

 

Yo voy por un camino, ella por otro;

pero al pensar en nuestro mutuo amor,

yo digo aún: "¿Por que callé aquél día?"

y ella dirá. "¿Por qué no lloré yo?"


RIMA XXXI

 

Nuestra pasión fue un trágico sainete

en cuya absurda fábula

lo cómico y lo grave confundidos

risas y llanto arrancan.

 

Pero fue lo peor de aquella historia

que al fin de la jornada

a ella tocaron lágrimas y risas

y a mí, sólo las lágrimas.


RIMA XXXII

 

Pasaba arrolladora en su hermosura

y el paso le dejé,

ni aun mirarla me volví, y no obstante

algo en mi oído murmuró “Esa es”.

 

¿Quién reunió la tarde a la mañana?

Lo ignoro; sólo sé

que en una breve noche de verano

se unieron los crepúsculos y ... “fue”.


RIMA XXXIII

 

Es cuestión de palabras, y, no obstante,

ni tú ni yo jamás,

después de lo pasado, convendremos

en quién la culpa está.

 

¡Lástima que el amor un diccionario

no tenga dónde hallar

cuando el orgullo es simplemente orgullo

y cuando es dignidad!


RIMA XXXIV

 

Cruza callada y son sus movimientos

silenciosa armonía;

suenan sus pasos, y al sonar recuerdan

del himno alado la cadencia rítmica.

 

Los entreabre, aquellos ojos

tan claros como el día,

y la tierra y el cielo, cuando abarcan,

arden con nueva luz en sus pupilas.

 

Ríe, y su carcajada tiene notas

del agua fugitiva;

llora, y es cada lágrima un poema

de ternura infinita.

 

Ella tiene la luz, tiene el perfume,

el color y la línea,

la forma, engendradora de deseos,

la expresión, fuente eterna de poesía.

 

¿Que es estúpida?... ¡Bah!, mientras, callando

guarde obscuro el enigma,

siempre valdrá, a mi ver, lo que ella calla

más que lo que cualquiera otra me lo diga.


RIMA XXXV

 

No me admiró tu olvido! Aunque de un día,

me admiró tu cariño mucho más;

porque lo que hay en mí que vale algo

eso... ¡ni lo pudiste sospechar!.


RIMA XXXVI

 

Si de nuestros agravios en un libro

se escribiese la historia,

y se borrase en nuestras almas

cuanto se borrase en sus hojas;

 

Te quiero tanto aún: dejó en mi pecho

tu amor huellas tan hondas,

que sólo con que tú borrases una,

¡las borraba yo todas!


RIMA XXXVII

   Antes que tú me moriré: escondido
          en las entrañas ya
   el hierro llevo con que abrió tu mano
          la ancha herida mortal.

   Antes que tú me moriré: y mi espíritu,
          en su empeño tenaz,
   sentándose a las puertas de la muerte,
          allí te esperará.

   Con las horas los días, con los días
          los años volarán,
   y a aquella puerta llamarás al cabo...
          ¿Quién deja de llamar?

   Entonces que tu culpa y tus despojos
          la tierra guardará,
   lavándote en las ondas de la muerte
          como en otro Jordán.

   Allí, donde el murmullo de la vida
          temblando a morir va,
   como la ola que a la playa viene
          silenciosa a expirar.

   Allí donde el sepulcro que se cierra
          abre una eternidad...
   ¡ Todo lo que los dos hemos callado
          lo tenemos que hablar !

RIMA XXXVIII 
Los suspiros son aire 
y van al aire! Las lágrimas son agua y van al mar! 
Dime, mujer, cuando el amor se olvida 
¿sabes tú adónde va?

RIMA XXXIX

Lo que el salvaje que con torpe mano

hace de un tronco a su capricho un dios,

y luego ante su obra se arrodilla,

eso hicimos tu y yo.

 

Dimos formas reales a un fantasma,

de la mente ridícula invención,

y hecho el ídolo ya, sacrificamos

en su altar nuestro amor.


RIMA XL

 

Su mano entre mis manos,

us ojos en mis ojos,

la amorosa cabeza

apoyada en mi hombro,

 

¡Dios sabe cuántas veces,

con paso perezoso,

hemos vagado juntos

bajo los altos olmos

que de su casa prestan

misterio y sombra al pórtico!

 

Y ayer... un año apenas,

pasando como un soplo

con qué exquisita gracia

con qué admirable aplomo,

me dijo al presentarnos

un amigo oficioso:

“Creo que alguna parte

he visto a usted” ¡Ah, bobos

que sois de los salones

comadres de buen tono,

y andáis por allí a caza

de galantes embrollos.

 

¡Qué historía habéis perdido!

¡Qué manjar tan sabroso!

para ser devorado

“soto voce” en un corro,

detrás de abanico

de plumas de oro!

¡Discreta y casta luna,

copudos y altos olmos,

paredes de su casa,

umbrales de su pórtico,

callad, y que en secreto

no salga con vosotros!

Callad; que por mi parte

lo he vivido todo:

y ella..., ella..., ¡no hay máscara

semejante a su rostro!


RIMA XLI

 

Tú eras el huracán y yo la alta

torre que desafía su poder:

¡tenías que estrellarte o que abatirme!

¡No pudo ser!

 

Tú eras el océano y yo la enhiesta

roca que firme aguarda su vaivén:

¡tenías que romperte o que arrancarme! ...

¡No pudo ser!

 

Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados

uno a arrollar, el otro a no ceder:

la senda estrecha, inevitable el choque ...

¡No pudo ser!


RIMA XLII

          Cuando me lo contaron sentí el frío
          de una hoja de acero en las entrañas,
          me apoyé contra el muro, y un instante
          la conciencia perdí de donde estaba.

          Cayó sobre mi espíritu la noche,
          en ira y en piedad se anegó el alma,
          ¡Y se me revelo por qué se llora,
          Y comprendí una vez por qué se mata!

          Pasó la nube de dolor..., con pena
          logré balbucear breves palabras...
          ¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo
          ¡Me hacia un gran favor!... Le di las gracias.

RIMA XLIII 
Dejé la luz a un lado, y en el borde 
de la revuelta cama me senté, 
Mudo, sombrío, la pupila inmóvil 
clavada en la pared. 
 
¿Qué tiempo estuve así? No sé: al dejarme 
la embriaguez horrible de dolor, 
expiraba la luz y en mis balcones 
reía el sol. 
 
Ni sé tampoco en tan terribles horas 
en qué pensaba o que pasó por mí; 
solo recuerdo que lloré y maldije, 
y que en aquella noche 
envejecí.

RIMA XLIV

 

Como en un libro abierto

leo de tus pupilas en el fondo;

¿a qué fingir el labio

risas que se desmienten con los ojos?

 

¡Llora! No te avergüences

de confesar que me quisiste un poco.

¡Llora! Nadie nos mira!

Ya ves: soy un hombre... ¡y también lloro!


RIMA XLV

 

En la clave del arco ruinoso

cuyas piedras el tiempo enrojeció,

obra de un cincel rudo campeaba

el gótico blasón.

 

Penacho de su yelmo de granito,

la yedra que colgaba en derredor

daba sombra al escudo en que una mano

tenía un corazón.

 

A contemplarle en la desierta plaza

nos paramos los dos:

Y, “ése, me dijo, es el cabal emblema

de mi constante amor”.

 

¡Ay!, y es verdad lo que me dijo entonces:

Verdad que el corazón

lo llevará en la mano..., en cualquier parte....

pero en el pecho, no.


RIMA XLVI

 

Tu aliento es el aliento de las flores,

tu voz es de los cisnes la armonía;

es tu mirada el esplendor del día,

y el color de la rosa es tu color.

 

Tú prestas nueva vida y esperanza

a un corazón para el amor ya muerto:

tú creces de mi vida en el desierto

como crece en un páramo la flor.


RIMA XLVII

 

Yo me he asomado a las profundas simas

de la tierra y del cielo

y les he visto el fin con los ojos

o con el pensamiento.

 

Mas, ¡ay! de un corazón llegué al abismo,

y me incliné por verlo,

y mi alma y mis ojos se turbaron:

¡tan hondo era y tan negro!


RIMA XLVIII

 

Alguna vez la encuentro por el mundo

y pasa junto a mí:

y pasa sonriéndose y yo digo

¿Cómo puede reír?

 

Luego asoma a mi labio otra sonrisa

máscara del dolor,

y entonces pienso: “¡Acaso ella se ríe,

como me río yo!”


RIMA ILIX

 

¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable,

es altanera y vana y caprichosa:

antes que el sentimiento de su alma

brotará el agua de la estéril roca.

 

Sé que en su corazón, nido de sierpes,

no hay una fibra que al amor responda;

que es una estatua inanimada...;

pero... ¡es tan hermosa!


RIMA L

 

De lo poco de vida que me resta

diera con gusto los mejores años,

por saber lo que a otros

de mí has hablado.

 

Y esta vida mortal... y de la eterna

lo que me toque, si me toca algo,

por saber lo que a solas

de mí has pensado.


RIMA LI

 

Olas gigantes que os rompéis bramando

en las playas desiertas y remotas,

envuelto entre la sábana de espumas,

¡llevadme con vosotras!

 

Ráfagas de huracán que arrebatáis

del alto bosque las marchitas hojas,

arrastrado en el ciego torbellino,

¡llevadme con vosotras!

 

Nubes de tempestad que rompe el rayo

y en fuego encienden las sangrientas orlas,

arrebatado entre la niebla oscura,

¡llevadme con vosotras!

 

Llevadme por piedad a donde el vértigo

con la razón me arranque la memoria.

¡Por piedad!, ¡tengo miedo de quedarme

con mi dolor a solas!


RIMA LII

          Volverán las oscuras golondrinas
          en tu balcón sus nidos a colgar,
          y otra vez con el ala a sus cristales
               jugando llamarán.

          Pero aquellas que el vuelo refrenaban
          tu hermosura y mi dicha a contemplar,
          aquellas que aprendieron nuestros nombres,
               ésas... ¡no volverán!

          Volverán las tupidas madreselvas
          de tu jardín las tapias a escalar
          y otra vez a la tarde aún más hermosas
               sus flores se abrirán.

          Pero aquellas cuajadas de rocío
          cuyas gotas mirábamos temblar
          y caer como lágrimas del día....
               ésas... ¡no volverán!

          Volverán del amor en tus oídos
          las palabras ardientes a sonar,
          tu corazón de su profundo sueño
               tal vez despertará.

          Pero mudo y absorto y de rodillas,
          como se adora a Dios ante su altar,
          como yo te he querido..., desengáñate,
               ¡así no te querrán!


RIMA LIII

 

Cuando volvemos las fugaces horas

del pasado a evocar,

temblando brilla en sus pestañas negras

una lágrima pronta a resbalar.

 

Y al fin resbala y cae como gota

del rocío al pensar

que cual hoy por ayer, por hoy mañana

volveremos los dos a suspirar.


RIMA LIV

 

Entre el discorde estruendo de la orgía

acarició mi oído,

como nota de lejana música,

el eco de un suspiro.

 

El eco de un suspiro que conozco,

formado de un aliento que he bebido,

perfume de una flor que oculta crece

en un claustro sombrío.

 

Mi adorada de un día, cariñosa,

“¿en qué piensas ?”, me dijo:

“En nada...” “¿En nada, y lloras?”

“Es que tienes alegre la tristeza y triste el vino”.


RIMA LV

 

Hoy como ayer, mañana como hoy

¡y siempre igual!

Un cielo gris, un horizonte eterno

y andar..., andar.

 

Moviéndose a compás como una estúpida

máquina, el corazón;

la torpe inteligencia del cerebro

dormida en un rincón.

 

El alma, que ambiciona un paraíso,

buscándole sin fe;

fatiga sin objeto, ola que rueda

ignorando por qué.

 

Voz que incesante con el mismo tono

canta el mismo cantar;

gota de agua monótona que cae,

y cae sin cesar.

 

Así van deslizándose los días

unos de otros en pos,

hoy lo mismo que ayer..., y todos ellos

sin goce ni dolor.

 

¡Ay!, ¡a veces me acuerdo suspirando

del antiguo sufrir...

Amargo es el dolor; ¡pero siquiera

padecer es vivir!


RIMA LVI

 

¿Quieres que de ese néctar delicioso

no te amargue la hez?

pues aspírale, acércale a tus labios

y déjale después.

 

¿Quieres que conservemos una dulce memoria

de este amor?

Pues amémonos hoy mucho y mañana

digámonos ¡adiós!


RIMA LVII

          Yo sé cuál el objeto
          de tus suspiros es;
          yo conozco la causa de tu dulce
          secreta languidez.
          ¿Te ríes?... Algún día
          sabrás, niña, por qué:
          tú lo sabes apenas
               y yo lo sé.

          Yo sé cuando tu sueñas,
          y lo que en sueños ves;
          como en un libro puedo lo que callas
          en tu frente leer.
          ¿Te ríes?... Algún día
          sabrás, niña, por qué:
          tú lo sabes apenas
          y yo lo sé.

          Yo sé por qué sonríes
          y lloras a la vez.
          yo penetro en los senos misteriosos
          de tu alma de mujer.
          ¿Te ríes?... Algún día
          sabrás, niña, por qué:
          mientras tu sientes mucho y nada sabes,
          yo que no siento ya, todo lo sé.


RIMA LVIII

 

Al ver mis horas de fiebre

e insomnio lentas pasar,

a la orilla de mi lecho,

¿quién se sentará?

 

Cuando la trémula mano

tienda próximo a expirar

buscando una mano amiga,

¿quién la estrechará?

 

Cuando la muerte vidríe

de mis ojos el cristal,

mis párpados aún abiertos,

¿quién los cerrará?

 

Cuando la campana suene

(si suena en mi funeral),

una oración al oírla,

¿quién murmurará?

 

Cuando mis pálidos restos

oprima la tierra ya,

sobre la olvidada fosa.

¿quién vendar a llorar?

 

¿Quién en fin al otro día,

cuando el sol vuelva a brillar,

de que pasé por el mundo,

¿quién se acordará?


RIMA LIX

 

Me ha herido recatándose en las sombras,

sellando con un beso su traición.

Los brazos me echó al cuello y por la espalda

me partió a sangre fría el corazón.

 

Y ella impávida sigue su camino,

feliz, risueña, impávida, ¿y por qué?

porque no brota sangre de la herida...

¡porque el muerto esta en pie.


RIMA LX

 

Como se arranca el hierro de una herida

su amor de las entrañas me arranqué,

aunque sentí al hacerlo que la vida

me arrancaba con él!

 

Del altar que le alcé en el alma mía

la Voluntad su imagen arrojó,

y la luz de la fe que en ella ardía

ante el ara desierta se apagó.

 

Aún turbando en la noche el firme empeño

vive en la idea la visión tenaz...

¡Cuándo podré dormir con ese sueño

en que acaba el soñar!


RIMA LXI

          Este armazón de huesos y pellejo
          de pasear una cabeza loca
          cansado se halla al fin, y no lo extraño;
          pues, aunque es la verdad que no soy viejo,

          de la parte de vida que me toca
          en la vida del mundo, por mi daño
          he hecho un uso tal, que juraría
          que he condensado un siglo en cada día.

          Así, aunque ahora muriera,
          no podría decir que no he vivido;
          que el sayo, al parecer nuevo por fuera,
          conozco que por dentro ha envejecido.

          Ha envejecido, sí, ¡pese a mi estrella!,
          harto lo dice ya mi afán doliente;
          que hay dolor que al pasar su horrible huella
          graba en el corazón, si no en la frente.

RIMA LXII 
 
Primero es un albor trémulo y vago, 
raya de inquieta luz que corta el mar; 
luego chispea y crece y se difunde 
en ardiente explosión de claridad. 
 
La brilladora lumbre es la alegría; 
la temerosa sombra es el pesar; 
¡Ay!, en la oscura noche de mi alma, 
¿cuándo amanecerá?

RIMA LXIII

 

Como enjambre de abejas irritadas,

de un obscuro rincón de la memoria

salen a perseguirnos los recuerdos

de las pasadas horas.

 

Yo los quiero ahuyentar. ¡Esfuerzo tan inútil!

Me rodean, me acosan,

y unos tras otros a clavarme vienen

el agudo aguijón que el alma encona.


RIMA LXIV

 

Como guarda el avaro su tesoro,

guardaba mi dolor;

le quería probar que hay algo eterno

a la que eterno me juró su amor.

 

Mas hoy le llamo en vano y oigo

al tiempo que le agotó, decir:

“¡Ah, barro miserable, eternamente

no podrás ni aun sufrir!


RIMA LXV

 

Llegó la noche y no encontré un asilo,

¡y tuve sed...!, mis lágrimas bebí;

¡y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos

cerré para morir!

 

¡Estaba en un desierto! Aunque a mi oído

de las turbas llegaba el ronco hervir,

yo era huérfano y pobre... ¡El mundo

estaba desierto... para mí!


RIMA LXVI

         ¿De dónde vengo...? El más horrible y áspero
               de los senderos busca:
          Las huellas de unos pies ensangrentados
               sobre la roca dura,
          los despojos de un alma hecha jirones
               en las zarzas agudas,
               te dirán el camino
               que conduce a mi cuna.

          ¿A donde voy? El más sombrío y triste
               de los páramos cruza,
          valle de eternas nieves y de eternas
               melancólicas brumas.

          En donde esté una piedra solitaria
               sin inscripción alguna,
               donde habite el olvido,
               allí estará mi tumba.

RIMA LXVII

 

¡Qué hermoso es ver el día

coronado de fuego levantarse,

y a su beso de lumbre

brillar las olas y encenderse el aire!

 

¡Qué hermoso es tras la lluvia

del triste otoño en la azulada tarde,

de las húmedas flores

el perfume beber hasta saciarse!

 

¡Qué hermoso es cuando en copos

la blanca nieve silenciosa cae,

de las inquietas llamas

ver las rojizas lenguas agitarse!

 

¡Qué hermoso es cuando hay sueño

dormir bien... y roncar como un sochantre...

y comer... y engordar... y qué desgracia

que esto solo no baste!


RIMA LXVIII

 

No sé lo que he soñado

en la noche pasada;

triste muy triste debió ser el sueño,

pues despierto la angustia me duraba.

 

Noté al incorporarme

húmeda la almohada,

y por primera vez sentí al notarlo

de un amargo placer henchirse el alma.

 

Triste cosa es el sueño

que llanto nos arranca,

mas tengo en mi tristeza una alegría...

sé que aún me quedan lágrimas.


RIMA LXIX

 

Al brillar un relámpago nacemos

y aún dura su fulgor cuando morimos;

tan corto es el vivir.

 

La gloria y el amor tras que corremos

sombras de un sueño son que perseguimos:

¡Despertar es morir!


RIMA LXX

 

¡Cuántas veces al pie de las musgosas

paredes que la guardan,

oí la esquila que al mediar la noche

a los maitines llama!

 

¡Cuántas veces trazo mi silueta

la luna plateada,

junto a la del ciprés que de su huerto

se asoma por las tapias!

 

Cuando en sombras la iglesia se envolvía,

de su ojiva calada,

¡cuántas veces temblar sobre los vidrios

vi el fulgor de la lámpara!

 

Aunque el viento en los ángulos oscuros

de la torre silbara,

del coro entre las voces percibía

su voz vibrante y clara.

 

En las noches de invierno, si un medroso

por la desierta plaza

se atrevía a cruzar, al divisarme,

el paso aceleraba.

 

Y no faltó una vieja que en el torno

dijese a la mañana

que de algún sacristán muerto en pecado

era yo el alma.

 

A oscuras conocía los rincones

del atrio y la portada;

de mis pies las ortigas que allí crecen

las huellas tal vez guardan.

 

Los búhos, que espantados me seguían

con sus ojos de llamas,

llegaron a mirarme con el tiempo

como a un buen camarada.

 

A mi lado sin miedo los reptiles

se movían a rastras;

¡hasta los mudos santos de granito

creo que me saludaban!


RIMA LXXI

 

No dormía; vagaba en ese limbo

en que cambian de forma los objetos,

misteriosos espacios que separan

la vigilia del sueño.

 

Las ideas que en ronda silenciosa

daban vueltas en torno a mi cerebro,

poco a poco en su danza se movían

con un compás más lento.

 

De la luz que entra al alma por los ojos

los párpados velaban el reflejo;

pero otra luz el mundo de visiones

alumbraba por dentro.

 

En este punto resonó en mi oído

un rumor semejante al que en el templo

vaga confuso al terminar los fieles

con un amén sus rezos.

 

Y oí como una voz delgada y triste

que por mi nombre me llamo a lo lejos,

y sentí olor de cirios apagados,

de humedad y de incienso.

 

.......................................

 

Pasó la noche, y del olvido en brazos

caí, cual piedra, en su profundo seno.

No obstante al despertar exclamé: “¡Alguno

que yo quería ha muerto!”


RIMA LXXII

 

Primera voz Las ondas tienen vaga armonía,

Las violetas suave olor,

brumas de plata la noche fría,

luz y oro el día;

yo algo mejor:

¡yo tengo Amor!

 

Segunda voz

 

Aura de aplausos, nube rabiosa,

ola de envidia que besa el pie.

isla de sueños donde reposa

el alma ansiosa.

¡dulce embriaguez

la Gloria es!

 

Tercera voz

 

Ascua encendida es el tesoro,

sombra que huye la vanidad,

todo es mentira: la gloria, el oro.

Lo que yo adoro

sólo es verdad:

¡la Libertad!

 

Así los barqueros pasaban cantando

la eterna canción,

y al golpe del remo saltaba la espuma

y heríala el sol.

 

“¿Te embarcas?”, gritaban, y yo sonriendo

les dije al pasar:

“ha tiempo lo hice, por cierto que aun tengo

la ropa en la playa tendida a secar.


RIMA LXXIII

Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.

La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho,
y entre aquella sombra
veíase a intérvalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.

Despertaba el día
y a su albor primero
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:
“¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”

De la casa, en hombros,
lleváronla al templo,
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.

Al dar de las ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron
y el santo recinto
quedóse desierto.

De un reloj se oía
compasado el péndulo
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:
“¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”
    De la alta campana
    la lengua de hierro
    le dio volteando
    su adiós lastimero.
    El luto en las ropas,
    amigos y deudos
    cruzaron en fila,
    formando el cortejo.

    Del último asilo,
    oscuro y estrecho,
    abrió la piqueta
    el nicho a un extremo;
    allí la acostaron,
    tapiáronla luego,
    y con un saludo
    despidióse el duelo.

    La piqueta al hombro
    el sepulturero,
    cantando entre dientes,
    se perdió a lo lejos.
    La noche se entraba,
    el sol se había puesto:
    perdido en las sombras
    yo pensé un momento:
    “¡Dios mío, qué solos
    se quedan los muertos!”

    En las largas noches
    del helado invierno,
    cuando las maderas
    crujir hace el viento
    y azota los vidrios
    el fuerte aguacero,
    de la pobre niña
    a veces me acuerdo.

    Allí cae la lluvia
    con un son eterno;
    allí la combate
    el soplo del cierzo.
    Del húmedo muro
    tendida en el hueco,
    ¡acaso de frío
    se hielan los huesos...!
          
    ........................

    ¿Vuelve el polvo al polvo?
    ¿Vuela el alma al cielo?
    ¿Todo es, sin espíritu,
    podredumbre y cieno?
    ¡No sé; pero hay algo
    que explicar no puedo,
    que al par nos infunde
    repugnancia y duelo,
    a dejar tan tristes,
    tan solos los muertos.



RIMA LXXIV

 

Las ropas desceñidas,

desnudas las espadas,

en el dintel de oro de la puerta

dos ángeles velaban.

 

Me aproximé a los hierros

que defienden la entrada,

y de las dobles rejas en el fondo

la vi confusa y blanca.

 

La vi como la imagen

que en un ensueño pasa,

como un rayo de luz tenue y difuso

que entre tinieblas nada.

 

Me sentí de un ardiente

deseo llena el alma;

¡como atrae un abismo, aquel misterio

hacía si me arrastraba!

 

Mas, ¡ay!, que de los ángeles

parecían decirme las miradas:

“¡El umbral de esta puerta

sólo Dios lo traspasa!”


RIMA LXXV

 

¿Será verdad que cuando toca el sueño

con sus dedos de rosa nuestros ojos,

de la cárcel que habita huye el espíritu

en vuelo presuroso?

 

¿Será verdad que, huésped de las nieblas,

de la brisa nocturna al tenue soplo,

alado sube a la región vacía

a encontrarse con otros?

 

¿Y allí desnudo de la humana forma,

allí los lazos terrenales rotos,

breves horas habita de la idea

el mundo silencioso?

 

¿Y ríe y llora y aborrece y ama

y guarda un rastro del dolor y el gozo,

semejante al que deja cuando cruza

el cielo un meteoro?

 

¡Yo no sé si ese mundo de visiones

vive fuera o va dentro de nosotros:

lo que sé es que conozco a muchas gentes

a quienes no conozco!


RIMA LXXVI

 

En la imponente nave

del templo bizantino,

vi la gótica tumba a la indecisa

luz que temblaba en los pintados vidrios.

 

Las manos sobre el pecho,

y en las manos un libro,

una mujer hermosa reposaba

sobre la urna del cincel prodigio.

 

Del cuerpo abandonado

al dulce peso hundido,

cual si de blanda pluma y raso fuera

se plegaba su lecho de granito.

 

De la sonrisa última

el resplandor divino

guardaba el rostro, como el cielo guarda

del sol que muere el rayo fugitivo.

 

Del cabezal de piedra

sentados en el filo,

dos ángeles, el dedo sobre el labio,

imponían silencio en el recinto.

 

No parecía muerta;

de los arcos macizos

parecía dormir en la penumbra

y que en sueños veía el paraíso.

 

Me acerqué de la nave

al ángulo sombrío,

con el callado paso que se llega

junto a la cuna donde duerme un niño.

 

La contemplé un momento

y aquel resplandor tibio,

aquel lecho de piedra que ofrecía

próximo al muro otro lugar vacío.

 

En el alma avivaron

la sed de lo infinito,

el ansia de esa vida de la muerte,

para la que un instante son los siglos...

.........................................

Cansado del combate

en que luchando vivo,

alguna vez me acuerdo con envidia

de aquel rincón oscuro y escondido.

 

De aquella muda y pálida

mujer me acuerdo y digo:

“¡Oh, qué amor tan callado el de la muerte!

¡Qué sueño el del sepulcro tan tranquilo!”


RIMA LXXVII

 

Es un sueño la vida,

pero un sueño febril que dura un punto;

Cuando de él se despierta,

se ve que todo es vanidad y humo...

¡Ojalá fuera un sueño

muy largo y muy profundo,

un sueño que durara hasta la muerte!...

Yo soñaría con mi amor y el tuyo.


RIMA LXXVII

    Podrá nublarse el sol eternamente;
    podrá secarse en un instante el mar;
    podrá romperse el eje de la tierra
        como un débil cristal.

    ¡Todo sucederá! Podrá la muerte
    cubrirme con su fúnebre crespón;
    pero jamás en mí podrá apagarse
        la llama de tu amor.


RIMA LXXIX

          Mi vida es un erial,
          flor que toco se deshoja;
          que en mi camino fatal
          alguien va sembrando el mal
          para que yo lo recoja.


RIMA LXXXI

    Dices que tienes corazón, y solo
    lo dices porque sientes sus latidos;
    eso no es corazón... es una máquina
    que al compás que se mueve hace ruido.


RIMA LXXXII

          Fingiendo realidades
          con sombra vana,
          delante del deseo
          va la esperanza.
          y sus mentiras
          como el Fénix, renacen
          de sus cenizas.

RIMA LXXXIII

          Una mujer me ha envenenado el alma,
          otra mujer me ha envenenado el cuerpo;
          ninguna de las dos vino a buscarme,
          yo de ninguna de las dos me quejo.

          Como el mundo es redondo, el mundo rueda.
          Si mañana, rodando, este veneno
          envenena a su vez, ¿por qué acusarme?
          ¿Puedo dar mas de lo que a mí me dieron?

RIMA LXXXIV

	A CASTA

   Tu voz es el aliento de las flores,
   tu voz es de los cisnes la armonía;
   es tu mirada el esplendor del día,
   y el color de la rosa es tu color.

   Tú prestas nueva vida y esperanza
   a un corazón para el amor ya muerto:
   tú creces de mi vida en el desierto
   como crece en un páramo la flor.

RIMA LXXXV 
 
A ELISA 
 
Para que los leas con tus ojos grises, 
para que los cantes con tu clara voz, 
para que se llenen de emoción tu pecho 
hice mis versos yo. 
 
Para que encuentres en tu pecho asilo 
y le des juventud, vida, calor, 
tres cosas que yo no puedo darles, 
hice mis versos yo. 
 
Para hacerte gozar con mi alegría, 
para que sufras tu con mi dolor, 
para que sientas palpitar mi vida, 
hice mis versos yo. 
 
Para poder poner antes tus plantas 
la ofrenda de mi vida y de mi amor, 
con alma, sueños rotos, risas, lágrimas 
hice mis versos yo.

RIMA LXXXVI

   Flores tronchadas, marchitas hojas
	arrastra el viento;
   en los espacios, tristes gemidos
	repite el eco.

	..............................

   En las nieblas de los pasado,
   en las regiones del pensamiento
   gemidos tristes, marchitas galas
	son mis recuerdos.

RIMA LXXXVII

   Es el alba una sombra
	de tu sonrisa,
   y un rayo de tus ojos
	la luz del día;
	pero tu alma
   es la noche de invierno,
	negra y helada.

RIMA LXXXVIII

Errante por el mundo fui gritando:
	“La gloria ¿dónde está?”
Y una voz misteriosa contestóme:
	“Más allá... más allá...”

En pos de ella perseguí el camino
	que la voz me marcó;
halléla al fin, pero en aquel instante
	el humo se troncó.

Más el humo, formado denso velo,
	se empezó a remontar.
Y penetrando en la azulada esfera
	al cielo fue a parar.

RIMA LXXXIX

Negros fantasmas,
nubes sombrías,
huyen ante el destello
     de la luz divina.
     Esa luz santa,
niña de negros ojos,
     es la esperanza.

Al calor de sus rayos
     mi fe gigante
contra desdenes lucha
     sin amenguarse.
     en este empeño
es, si grande el martirio,
     mayor el premio.

Y si aún muestras esquiva
    alma de nieve,
si aún no me quisieras,
     yo no he de quererte:
     mi amor es roca
donde se estrellan tímidas
     del mal las olas.

RIMA XC

Yo soy el rayo, la dulce brisa,
lágrima ardiente, fresca sonrisa,
flor peregrina, rama tronchada;
yo soy quien vibra, flecha acerada.

Hay en mi esencia, como en las flores
de mil perfumes, suaves vapores,
y su fragancia fascinadora,
trastorna el alma de quien adora.

Yo mis aromas doquier prodigo
ya el más horrible dolor mitigo,
y en grato, dulce, tierno delirio
cambio el más duro, crüel martirio.

¡Ah!, yo encadeno los corazones,
más son de flores los eslabones.
	Navego por los mares,
	voy por el viento
   alejo los pesares
	del pensamiento.
	yo, en dicha o pena,
        reparto a los mortales
	con faz serena.

Poder terrible, que en mis antojos
brota sonrisas o brota enojos;
poder que abrasa un alma helada,
si airado vibro flecha acerada.

     Doy las dulces sonrisas
	a las hermosas;
     coloro sus mejillas
	de nieve y rosas;
     humedezco sus labios,
	y sus miradas
     hago prometer dichas
	no imaginadas.

     Yo hago amable el reposo,
	grato, halagüeño,
     o alejo de los seres
	el dulce sueño,
	todo a mi poderío
	rinde homenaje;
     todo a mi corona
	dan vasallaje.

     Soy amor, rey del mundo,
	niña tirana,
     ámame, y tú la reina
	serás mañana.

RIMA XCI

No has sentido en la noche,
cuando reina la sombra
una voz apagada que canta
y una inmensa tristeza que llora?

¿No sentiste en tu oído de virgen
las silentes y trágicas notas
que mis dedos de muerto arrancaban
a la lira rota?

¿No sentiste una lágrima mía
deslizarse en tu boca,
ni sentiste mi mano de nieve
estrechar a la tuya de rosa?

¿No viste entre sueños
por el aire vagar una sombra,
ni sintieron tus labios un beso
que estalló misterioso en la alcoba?

Pues yo juro por ti, vida mía,
que te vi entre mis brazos, miedosa;
que sentí tu aliento de jazmín y nardo
y tu boca pegada a mi boca.

RIMA XCII

    Apoyando mi frente calurosa
    en el frío cristal de la ventana,
    en el silencio de la oscura noche
    de su balcón mis ojos no apartaba.
    
    En medio de la sombra misteriosa
    su vidriera lucía iluminada,
    dejando que mi vista penetrase
    en el puro santuario de su estancia.

    Pálido como el mármol el semblante;
    la blonda cabellera destrenzada,
    acariciando sus sedosas ondas,
    sus hombros de alabastro y su garganta,
    mis ojos la veían, y mis ojos
    al verla tan hermosa, se turbaban.

    Mirábase al espejo; dulcemente
    sonreía a su bella imagen lánguida,
    y sus mudas lisonjas al espejo
    con un beso dulcísimo pagaba...
    
    Mas la luz se apagó; la visión pura
    desvanecióse como sombra vana,
    y dormido quedé, dándome celos
    el cristal que su boca acariciara.

RIMA XCIII

Si copia tu frente
del río cercano la pura corriente
y miras tu rostro del amor encendido,
	soy yo, que me escondo
	del agua en el fondo
y, loco de amores, a amar te convido;
soy yo, que, en tu pecho buscada morada,
envío a tus ojos mi ardiente mirada,
	mi blanca divina...
y el fuego que siento la faz te ilumina.

	Si en medio del valle
en tardo se trueca tu amor animado,
vacila tu planta, se pliega tu talle...
	soy yo, dueño amado,
	que, en no vistos lazos
de amor anhelante, te estrecho en mis brazos;
soy yo quien te teje la alfombra florida
que vuelve a tu cuerpo la fuerza de la vida;
	soy yo, que te sigo
en alas del viento soñando contigo.

	Si estando en tu lecho
escuchas acaso celeste armonía
que llena de goces tu cándido pecho,
	soy yo, vida mía...;
	soy yo, que levanto
al cielo tranquilo mi férvido canto;
soy yo, que, los aires cruzando ligero
por un ignorado, movible sendero,
	ansioso de calma,
sediento de amores, penetro en tu alma.

RIMA XCIV

	¡Quién fuera luna,
	quién fuera brisa,
	quién fuera sol!

	..................

	¡Quién del crepúsculo
	fuera la hora,
	quién el instante
	de tu oración!

	¡Quién fuera parte
	de la plegaria
	que solitaria
	mandas a Dios!

	¡Quién fuera luna
	quién fuera brisa,
	quién fuera sol! ...

RIMA XCV

   Yo me acogí, como perdido nauta,
   a una mujer, para pedirle amor,
   y fue su amor cansancio a mis sentidos,
	hielo a mi corazón.

   Y quedé, de mi vida en la carrera,
   que un mundo de esperanza ayer pobló,
   como queda un viandante en el desierto:
	¡A solas con Dios!

RIMA XCVI

   Para encontrar tu rostro
   miraba al cielo
   que no es bien que tu imagen
   se halle en el suelo;
   si de allí vino,
   el buscaba su origen
   no es desvarío.

RIMA XCVII

   Esas quejas del piano
   a intervalos desprendidas,
   sirenas adormecidas
   que evoca tu blanca mano,
   no esparcen al aire en vano
   el melancólico son;
   pues de la oculta mansión
   en que mi pasión se esconde,
   a cada nota responde
   un eco del corazón.

RIMA XCVIII

   Nave que surca los mares,
   y que empuja el vendaval,
   y que acaricia la espuma,
   de los hombres es la vida;
   su puerto, la eternidad.